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Chile: olvidar al general Carlos Prats sin olvidarlo

Reproducción
El general Carlos Prats, asesinado junto a su esposa en Buenos Aires en 1974 por fuerzas que respondían a Manuel Contreras y Augusto Pinochet.

Juan Guilermo Tejeda
Santiago, Chile

Saben los jóvenes chilenos que hacia atrás, cuando ellos no habían nacido, ocurrió algo estropajoso en la historia chilena, un revoltijo de revoluciones, expropiaciones, operaciones militares, campos de concentración y asesinatos callados. Nada tienen que ver las nuevas generaciones con esos infortunios que dieron notoriedad noticiosa a Chile en todo el mundo, aunque al mismo tiempo saben que llevan esa sangre y esa violencia en sus genes. Mientras no haya un nuevo discurso, lo mejor es hablar de otra cosa. Porque cada vez que caemos en el tema se repiten textualmente los mismos dichos excluyentes y abstractos, las impaciencias, las descalificaciones. Pinochet y su dictadura son temas fastidiosos. De acuerdo, el compadre asesinó, torturó, robó, pero ya está muerto, y hoy estamos en otros temas: volcanes, corrupciones municipales, precio del petróleo, en fin, la realidad, lo que nos rodea. Para el imaginario cotidiano, Salvador Allende es poco más que una estatua y unos cuantos posters o consignas gastadas. El pasado reciente es para los chilenos una bolsa de basura que aún no logramos reciclar. No hemos visto teleseries que aborden el tema. Apenas una película, Machuca. Los textos escolares cuentan vagamente la historia, como si les molestara. Para ese pasado hay unos profesionales del dolor que apenas comienzan a hablar nos hacen doler el estómago.

El ciclo de lo innombrable, de aquello que no logramos retener ni procesar, comenzó en los años sesenta, quizá con la reforma universitaria que el año pasado cumplió cuarenta años. Época hermosa que desató cambios que se volvieron feos y nos mostraron a los chilenos la peor cara de lo que somos. El país amistoso, sensato y contenido se transformó en un campo de batalla poblado por seres odiosos y destructivos. Hoy impera una necesidad de silencio.

La paz actual es hija de un convenio, de un pacto de no agresión firmado por la derecha y la coalición de centroizquierda que gobierna desde la caída del dictador. Muchos muestran a veces impaciencia por los costos de este pacto, aunque a esas alturas nadie quería en Chile más guerra, ni más insultos, ni más descalificaciones, ni más sangre ni más inventos raros. Entramos, como ocurriera en la Alemania o Austria de posguerra, en un sistema operativo que pedía estar callados, que necesitaba olvidar algunas cosas para ocuparse de otras.

Hace unos días, y después de 34 años, se dictaron sentencias para los asesinos del general Carlos Prats. Quizá muchos jóvenes no sepan quién era. El general y su señora subieron a su auto después de cenar con unos amigos en Buenos Aires (allí estaban exiliados) y al encender el motor una explosión destrozó sus cuerpos. Prats había sido Comandante en Jefe del Ejército y Vicepresidente del República en tiempos de Allende. Los asesinos resultaron ser todos ellos o miembros del ejército chileno o personal contratado por esta institución, a las órdenes del entonces coronel Manuel Contreras, jefe de la policía secreta de Augusto Pinochet. Los jueces no encontraron evidencia de que Pinochet hubiera participado, aunque no sabe uno como podría Contreras tramar y ejecutar aquel asesinato político por su cuenta. En fin, no se tiene noticias en la historia del país de un comandante en jefe hecho asesinar por su sucesor en el cargo, ni de un Vicepresidente muerto por un Jefe de Estado. Es decir, no tenemos ni saliva ni jugos gástricos suficientes para digerir la historia.

Pero es una historia pasada, y allí es mejor no escarbar. Nos gusta el pasado bien pasado, ese de O'Higgins o de Portales o de Pedro de Valdivia. Pero para el pasado reciente carecemos de discurso, estamos huérfanos de estilo, no tenemos ni la menor idea de cómo abordarlo sin empezar a salpicar de gotas negras o rojas el rostro de tantos personajes que hoy siguen formando parte de la trama y la urdimbre de nuestro tejido político o social o económico.

De tal manera que miramos a la distancia ese pasado que nos tironea los tobillos. Y la consigna no escrita pareciera ser: mientras menos sepan nuestros niños y niñas del general Prats, mejor. Mientras más olvidemos la pesadilla que jamás vamos a olvidar, más rápidamente entraremos en la modernidad, en el mundo digital, en el futuro global, en las nuevas formas de convivencia, arrastrando, eso sí, siempre ese fardo mojado y oscuro que no logramos dejar atrás.

Demos vuelta la página, han dicho algunos. De acuerdo, en eso estamos desde hace un par de décadas. Al no haber logrado hacerlo, hemos optado por arrancar la página, por botar el libro, por sepultar la inquietud bajo tierra. Y serán otras generaciones, probablemente, las que irán sacando desde debajo del polvo los hilos horrorosos de lo que ocurrió entre nosotros, esa faceta brutal y destructiva que llevamos guardada bajo la piel y para la cual no encontramos, por ahora, explicación.

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Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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