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Reproducción
El líder Yósif Stalin, que fue Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética.
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Cláudio Lembo
San Pablo, Brasil
Las sociedades que no conocieron las guerras civiles no aquilatan el grado de barbarie de las luchas fratricidas. Es bueno, por eso, analizar otras realidades. Se trata de un hecho educativo.
La cultura patria abriga la idea de conciliación. Cuando todo parece desmoronarse, los segmentos sociales pasan a dialogar y, cuando la tragedia es inminente, las partes en conflicto ceden.
Aquí nunca se resuelven los conflictos de raíz. De esta forma, se evitan los sufrimientos. Las tragedias presentes en otros pueblos. Las identidades marcadas por trazos de desavenencias y discordias. Las divisiones perduran. Perennes.
Basta con echar una mirada al último siglo. Tiempo de revoluciones sangrientas. La Guerra Civil Española, responsable de millares de víctimas, introdujo divisiones que perduran hasta hoy. Ejemplo clásico.
También existe otro, dramático. La Revolución Comunista de 1917 en la vieja Rusia. Dio origen a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Un movimiento sin precedentes. Drásticamente violento.
La historiografía examina todos los días la Revolución Comunista con más profundidad. Menos emoción. Emerge una realidad amarga, inhumana. Los primeros días, repletos de romanticismo, se convirtieron en pesadilla pura.
Ya en 1918, Lenin y Trotski decidieron internar a los enemigos del régimen en campos de concentración. Una práctica perfeccionada después por los nazis. Quienes fueron más allá. Concibieron los campos de exterminio.
La palabra utilizada en la U.R.S.S. tiene su origen en el idioma alemán: Konzentrationslager o, simplemente, Kontslager. A los campos fueron enviados burgueses, industriales, comerciantes, religiosos y militares anti-soviéticos.
Luego del período inicial, los objetivos de los líderes comunistas se ampliaron. Deseaban producir un gran desarrollo industrial en la Rusia agraria. Necesitaban mano de obra intensiva.
La búsqueda de la industrialización exigía nuevos insumos: gas, carbón, oro y madera. Las grandes prioridades. Nada podría obstaculizar la victoria del proletariado. Convirtieron a los proletarios en esclavos.
Surgieron los campos de trabajo. El autor de esta extravagante idea se llamaba Nephtali Frenkel, y había nacido en Haifa. Había estado preso por practicar el mercado negro, y concibió los grupos de trabajos forzados.
Consiguió infiltrarse en los escondrijos de la burocracia soviética. Vendió el proyecto. Elaboró la idea fuerza: cada uno come de acuerdo con su trabajo. La plaga se desparramó por Rusia y sus satélites.
Murieron millones de mujeres y hombres. Stalin juzgaba este método como racional. Permitiría alcanzar sus objetivos de grandeza. El Plan Quinquenal, lanzado en 1929, puso en claro la intención de crear estos espacios del horror.
La implementación de la dirección central de los campos quedó registrada en el primer Plan. La sigla en idioma ruso era Gulag. Palabra tristemente célebre por la novela de Aleksándr Solzhenítsyn: Archipiélago Gulag.
Los campos de trabajo se multiplicaron. En cincuenta años alcanzaron un número impresionante. Se habían instalado cerca de quinientos establecimientos de trabajos forzados.
El régimen de terror comenzó en 1931. El primer objetivo: la construcción del canal del Mar Blanco. Nada mecanizado. Mano de obra directa. El esfuerzo de cada internado, sin auxilio mecánico.
Entre 1932 y 1935 los establecimientos se multiplicaron. Todo permanecería así hasta la muerte de Stalin, en 1953. Entonces se realizaron las primeras huelgas. A partir de 1960 se atenuó la imposición de trabajos forzados.
Parece imposible que esta práctica perdurara por cerca de treinta años. Una generación. Mucho dolor. La pérdida de la libertad y de la integridad física. Producto de la guerra entre hermanos.
Terra Magazine
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