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Los caminos de Damasco de la religiosidad brasileña

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Una mujer sostiene una imagen de San Expedito. "Santinhos": muy comunes en los religiosos en Brasil.

Claudio Lembo

Quinientos siete años fueron necesarios para que se diera a conocer la primera canonización de un brasileño. Y es comprensible: algunos de los primeros misioneros llamaban bárbaros o indios occidentales a los habitantes de esta parte del mundo.

Eran retratados como inconstantes, caprichosos, infieles e ingratos. Se decían que a los indios les faltaba el sentimiento de honra y que no tenían casi nada de lo que se llama pudor.

Era la visión del colonizador. En su equipaje traía la idea de conquistar y una noción de la cruzada religiosa contra los infieles. Los conflictos se extendieron durante siglos. La pólvora venció al arco y a la flecha.

Indios y negros no se sometieron a los valores extraños y a sus culturas. Permanecieron fieles a sus cultos, que los condujeron a un panteísmo espontáneo, tan natural como las aguas y las plantas de sus ritos.

Los sentimientos de los indios y de los negros se encontraron con otras culturas arrancadas de raíz por la fuerza de la espada. Los degradados judíos y musulmanes trajeron en sus conciencias el dolor de la violencia sufrida y la creencia religiosa de sus antepasados. Toda esa gente aislada, separada por grandes espacios físicos, concibió una religiosidad repleta de símbolos y poseedora de un singular misticismo.

A partir del siglo XIX, desembarcaron millones de europeos y con ellos una visión del mundo concebida originalmente por árabes, africanos, griegos, turcos y normandos. Trajeron las costumbres de bendecirse, las previsiones del futuro y el culto a los muertos, conforme a las tradiciones de los clásicos, tan exaltados en el Renacimiento. Todos estos elementos gestaron el sincretismo religioso brasileño, una amalgama de doctrinas y concepciones heterogéneas asociadas por un hilo invisible e incomprensible.

Como si no bastase eso, Portugal siempre mantuvo una postura independiente de la Sede romana. Por medio de acuerdos, el catolicismo portugués obtuvo su autonomía y mantuvo la sumisión jerárquica solamente al Rey. De esta subordinación se originó el padroado, una feliz concepción asociativa.

Los laicos se asociaban para finalidades religiosas. Estas se mezclaban con objetivos económicos. De esta manera fueron construidos templos, levantados monasterios y cultivadas extensas parcelas de tierra.

El padroado les concedía libertad a las personas que lo construían. Los padroeros, dueños del padroado, pasaron a administrar instituciones sin subordinación a la autoridad eclesiástica. El padroado, como institución, fue instaurado en Brasil y se le integraron las ermitas edificadas por todas partes y administradas por los laicos que, por falta de prelados, promovían ceremonias religiosas.

Las procesiones, novenas, oraciones y cultos, particularmente a la Virgen del Rosario, de la Concepción y San Benedicto fueron mantenidos a través del tiempo por gente humilde, pero con sentido de la libertad.

Este mismo sentido de la libertad lo conocieron las cofradías, hermandades destinadas a ofrecer ayuda espiritual y material a sus miembros. En los primeros movimientos de auto reafirmación, estas cofradías se dividían entre hombres blancos y negros. Después surgieron las hermandades de los mulatos.

Negros, blancos y mulatos, por medio de sus hermandades, de acuerdo con la categoría social de cada etnia, conquistaron espacios de libertad y de rito religioso propio.

Los negros, en las imágenes religiosas, conservaron sus símbolos. Los blancos idealizaron formas asociativas de defensa de sus intereses. Los mulatos, lentamente, escalaban posiciones en la rígida jerarquía social.

Estas son las premisas propias de la formación histórica de la religiosidad en Brasil. Seguramente Benedicto XVI las conoce por sus lecturas en la Biblioteca del Vaticano. No puede, sin embargo, impresionarse ante las manifestaciones populares que presenciará.

Brasil es una sociedad compleja donde el dogma tiene un espacio reducido. No por tendencia filosófica, sino por las marcas provenientes de su pasado. Los brasileños en muchos casos, se inclinan delante de lo sagrado, sin conocer su origen.

Un brasileño esperó cinco siglos para ser canonizado. Algo entendible. Una mente eurocéntrica que encuentra dificultades para entender nuestra forma de ser religiosos, de una forma auténtica. Natural. Espontánea. Leve. Una búsqueda constante de lo sagrado. Esto lleva a los no iniciados en temas brasileños a imaginar una marca de volubilidad. Se equivocan. Perseveramos en la busqueda de lo sobrenatural.

Sin ese fuerte sentimiento incesante de búsqueda, nos habríamos sumergido en un mar de codicia superado, quinientos años después, sin la ayuda de un nativo canonizado.

Cláudio Lembo es abogado y profesor universitario. Fue vice-gobernador del Estado de San Pablo de 2003 hasta marzo de 2006, cuando asumió como gobernador.
Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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