
|
AFP
Tabaré Vázquez comunicó que no forzará su reelección pero no fundamentó su decisión.
|
Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay
Hace siete meses el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, anunció que renunciaba a cualquier pretensión de ser reelecto. Sin embargo, destacados líderes de su partido, el Frente Amplio, se empeñaron en hacerlo cambiar de opinión. Crearon una comisión pro-reelección, convocaron a la ciudadanía a sumarse a la iniciativa, algunos redactaron un proyecto de reforma de la Constitución que incluía la reelección presidencial (la carta magna uruguaya no contempla esa posibilidad) y en cuanto acto público aparecía el mandatario, un grupo de fans se hacía presente con carteles en los que podía leerse "¡Quedate, Tabaré!".
Así, durante los últimos meses la política de este país giró en torno al debate sobre la reelección presidencial. El asunto se desvaneció completamente hace un par de semanas, cuando Vázquez terminó con las ilusiones de sus seguidores más incondicionales y repitió que no trataría de reformar la Constitución para autorizar su reelección, una jugada audaz y de resultado incierto, que en los últimos 35 años sólo intentó, sin éxito, el autoritario presidente Jorge Pacheco Areco.
Tratándose de un caudillo a la vieja usanza, que ha estado por encima de las riñas y disputas que han acompañado desde siempre a la izquierda, la renuncia de Tabaré Vázquez a un segundo mandato no deja de causar perplejidad. Porque si este sumo pontífice del progresismo vernáculo hubiera aceptado el desafío, sus huestes lo hubiesen seguido ciegamente. No es fácil, pues, encontrar una explicación a semejante renuncia, sobre todo teniendo en cuenta que el propio involucrado no la ha suministrado. Se ha limitado a comunicar su decisión.
En tren de especular, hay que señalar que la reforma de la Constitución para habilitar la reelección sería sumamente compleja. La posibilidad de plebiscitarla junto a la elección presidencial de noviembre de 2009, como se sugirió en algún momento, era imposible, porque los candidatos de los partidos deben elegirse en una elección interna en mayo del año que viene y con las actuales reglas políticas, Vázquez está impedido de ser uno de los precandidatos del Frente Amplio. De modo que la única posibilidad que restaba era aprobar una ley que modificara la Constitución en el Parlamento y someterla a plebiscito antes de las elecciones internas. Un plazo demasiado breve y, como se ha dicho, de resultado incierto, ya que -y tal podría ser otro motivo del escaso entusiasmo del presidente por la reelección- no es nada seguro que los uruguayos fueran a abandonar su arraigada desconfianza hacia los presidentes que quieren perpetuarse en el cargo. Razonable o no, la disposición constitucional que prohíbe la reelección en este país se basa en el argumento de que los presidentes podrían caer en la tentación de usar en una elección el enorme poder de que disponen para hacerse reelegir y establecer así una competencia absolutamente desigual con sus rivales.
Como es obvio, reformar la Constitución exige contar con el 50% más uno de los votos en un plebiscito. Y en el contexto antes descrito no era nada seguro que esos votos se fueran a conseguir. Para que ello ocurriera, todos, absolutamente todos los que votaron por el Frente Amplio en la última elección deberían apoyar esa reforma. Una eventualidad improbable. El proyecto descarrilaría si apenas un ínfimo porcentaje de los votantes de izquierda se negara a apoyarlo. En pocas palabras, Tabaré Vázquez sabía que era muy probable que el proyecto naufragara en las urnas y, si eso ocurría, hubiera supuesto el mayor descalabro electoral de la izquierda y, en primerísimo lugar, el suyo propio. Un riesgo que un líder personalista como él no estaba dispuesto a correr. Un riesgo innecesario además, hay que decirlo. Después de todo, bien puede volver con escenografía napoleónica en 2014. La cautela de Vázquez se entiende perfectamente.
Quedan sin embargo algunos interrogantes acerca de la terca insistencia en la reelección de muchos izquierdistas. Interrogantes especialmente inquietantes en partidos que tradicionalmente se han opuesto al culto a la personalidad y a poner a la figura del líder por encima del ideario y el proyecto político. El interés de las respuestas a esos interrogantes reside, en mi opinión, en lo mucho que revelan sobre el itinerario que ha seguido la política en los últimos tiempos. Aquí y en la mayor parte del mundo.
Hace unos meses ya, el ministro y ex guerrillero José Mujica dijo que la reelección de Vázquez le resolvería "unos cuantos problemas al Frente Amplio". Se refería, obviamente, a las dificultades que deberá enfrentar esa organización política a la hora de elegir un candidato de consenso para reemplazar a Vázquez. La preocupación de Mujica está plenamente justificada: no hay candidato a la vista que vaya a conformar a todos los grupos que integran el Frente y los nombres que se mencionan (entre otros, el del propio Mujica y el del ministro de Economía, Danilo Astori) suscitan tanto entusiasmo en unos como resistencias en otros. Tan convencido estuvo en la última década el Frente Amplio de que su éxito electoral dependía de Vázquez (algo indemostrable, por cierto) que hoy se siente en la mayor de las orfandades. De modo que ahora los adláteres del presidente nos proponen reformar la Constitución para resolver un problema interno de su fuerza política: evitar las luchas intestinas por la candidatura.
He aquí una de las características propias de la política en estos tiempos: considerar que las leyes en general, y la Constitución en particular (nada menos que la Constitución, el pacto básico entre los ciudadanos, aquel que establece las reglas del juego), se pueden hacer y deshacer de acuerdo con los intereses particulares de un sector de la sociedad, en este caso para resolver los problemas internos de uno de los partidos políticos. Va de suyo que la Constitución, o cualquier otra disposición legal, se pueden modificar. Lo que resulta inaceptable es que se lo pretenda hacer por las razones que esgrimen los laderos de Vázquez. Claro que se puede discutir una reforma de la Constitución, ésta o cualquier otra, pero siempre que se la defienda con argumentos de otra naturaleza. Por ejemplo, porque amplía los espacios de libertad de los ciudadanos, porque facilita la participación de éstos en la cosa pública y en la toma de decisiones, porque reduce el poder de organizaciones e instituciones cuyas decisiones no están sometidas a control democrático, porque introduce mayor igualdad a la hora de que los partidos políticos divulguen sus propuestas y programas o por otras infinitas razones que no es posible resumir aquí, pero entre las cuales, ciertamente, no cabría aceptar la de que la reforma en cuestión beneficia a mi partido.
Dicho en otras palabras: puede aceptarse debatir públicamente incluso un tabú de la cultura política de este país como es la reelección presidencial. Después de todo, si no hubiera habido personas dispuestas a someter a crítica los tabúes y todo lo heredado, seguiríamos viviendo en la era de las cavernas. Lo que es inaceptable es que la introducción de la reelección tenga nombre y apellido (Tabaré Vázquez). Quienes sinceramente creen que la reelección es una buena cosa para la vida política en una sociedad democrática deberían plantear esa discusión para el próximo período presidencial, es decir para 2014.
Con todo, no son estas trampitas propias de los viejos zorros de la política el aspecto más relevante de la discusión sobre la reelección. La desesperada apuesta de muchos dirigentes en la reelección de Tabaré Vázquez, como si a la izquierda le fuera la vida en ello, revela una transformación más profunda, permanente y acaso peligrosa: la personificación de la política.
Hoy no se oponen en el espacio público diferentes propuestas para resolver los problemas o para dirimir los conflictos de la sociedad -mucho menos los grandes idearios-, sino Sarkozy y Segolène Royal, Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, Felipe Calderón y Manuel López Obrador. Y hasta terminaremos prefiriendo a Barack Obama o a Hillary Clinton, sin tener la menor idea de qué piensan y proponen cada uno y basándonos exclusivamente en su personalidad, talante, carácter o la confianza que nos inspiran.
A esta personalización de la política ha contribuido la mediatización de la entera vida social. Las ideas son demasiado abstractas e intangibles como para servir de materia prima de los medios. Los grandes medios se basan principalmente en imágenes y las ideas no se dejan reducir a imágenes, por más que algunos (los que piden "redondear" las ideas, por ejemplo) supongan lo contrario. Para tener imágenes hay que tener objetos o personas de carne y hueso. La propia complejidad de lo político y el hecho de que los medios giren en torno a las imágenes han aumentado la demanda de simplificación de la política, que ha terminado traduciéndose en su personificación. Los medios piden a gritos "historias humanas", como la del tornero brasileño que llegó a la presidencia.
La autenticidad que el candidato consigue comunicar, sus emociones, sus convicciones íntimas son ahora más importantes que aquello que se propone hacer y cómo se propone hacerlo. Los atributos del padre de familia, del esposo o del profesional son hoy tan o más importantes para la imagen de un profesional de la política que su ideario o sus propuestas políticas concretas. En otras épocas de mayor densidad ideológica hubiera sido impensable que un político dedicara tantas energías a transmitirnos si es optimista en la vida, con qué equipo de fútbol simpatiza o cuál es su comida preferida.
Despolitizada la sociedad, terminamos eligiendo por los atributos personales de los políticos. En el caso que nos ocupa, la izquierda uruguaya ha creído y sigue creyendo que su triunfo en las elecciones de 2004 se debió principalmente a que Tabaré Vázquez era su candidato y piensa que otro tanto ocurriría en 2009. Imbuida de las mismas creencias que el espectador más despolitizado, se explica que la izquierda haya insistido hasta último momento en volver a apostarlo todo al líder máximo. El problema es que los líderes máximos suelen ser los primeros en convencerse de que la política pasa por su protagonismo personal. Y nadie debería sorprenderse si, como en este caso, anteponen la preservación de su imagen de cara al futuro a las eventuales conveniencias electorales de su partido a corto plazo.
Terra Magazine