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Reproducción
Todo por un sueño. Sea bailando o patinando, en sus shows Tinelli apela a menores, discapacitados, mujeres semidesnudas, chistes obvios y golpes bajos para ser el número uno de la TV argentina.
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Guido Piotrkowski
Buenos Aires, Argentina
Tinelli es encantador. Tinelli es lo peor que nos pudo pasar. Tinelli es un genio. Odio a Tinelli. Tinelli la tiene clara. ¡Qué fácil la hace Tinelli! Tinelli es un gran conductor. ¡Tinelli es chabacano! Tinelli tiene 35 puntos de rating. Tinelli estupidiza a la gente. Tinelli, Tinelli y más Tinelli. Los amantes de Marcelo Hugo, que no son pocos, lo adulan de todas maneras. Y los detractores le tiran con dardos venenosos. Pero lo real es que nadie es inmune a una "tinellización" que increíblmente envuelve a la Argentina por decimonoveno año consecutivo.
Parece ser que al único que no lo tapó la nube de humo que afecta a Buenos Aires es al exitoso conductor de la televisión argentina. Marcelo Tinelli siempre sigue dando que hablar. Para bien o para mal. Es el poder que da la televisión...
El ex periodista deportivo, que alguna vez supo aprovechar -y muy bien- el golpe de suerte que la vida le ofrendó, devino rápidamente en carismático conductor, para luego pasar a ser un exitoso productor y un influyente empresario. Así, montó Ideas del Sur, una usina de productos televisivos de alcance internacional, en la que Showmatch, en su actual formato de Bailando por un sueño, que él mismo conduce y hoy emite Canal 13, es el principal y más rendidor.
En estos tiempos de cortinas de humo, problemas con el sector agropecuario y una pelea pública entre el multimedios para el que trabaja y el Gobierno, el hábil conductor -dueño de varias hectáreas en la hoy también humeante localidad de Baradero- prefiere el silencio. Por lo menos hasta ahora. El animador, acostumbrado a los tiros por elevación, ya tiene en su haber la participación indirecta en la caída del ex presidente Fernando de la Rúa, luego de ridiculizarlo una y otra vez. Más atrás en el tiempo, allá por los años '90, invitó a otro ex presidente, Carlos Menem, a participar de su programa, y le dio un empujoncito para su reelección. Ya en tiempos kirchneristas y de grandes preocupaciones por todo lo que se dice y hace en los medios, aceptó dejar las imitaciones y parodias políticas de lado y comenzó con los bailando, cantando y patinando por cuanto sueño solidario se necesite, contribuyendo un poquito más a la distracción nacional.
En octubre de 2007, en la recta final de la campaña electoral, el Gobierno K aportó 2,6 millones de dólares para la finalización de las obras de un polideportivo para Bolívar, su ciudad natal. La foto con Tinelli era muy importante para la entonces candidata a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner. Un gesto ¿sutil? para conseguir más votos. Y él prestó su otra cara, la del tipo bonachón y popular que está con las buenas causas.
Aún sin haber desencadenado grandes escandaletes, como aquellos que se sucedieron a lo largo de año pasado -en su mayoría indudablemente guionados-, que le aseguraron una buena medición y repeticiones hasta el hartazgo, en su primera semana al aire le alcanzó con poner a un ciego en escena para que su eterno archirrival, Mario Pergolini, encendiera la mecha de la discordia, con comentarios que para algunos fueron discriminatorios.
Lo cierto es que el conductor de CQC puso en el tapete lo que muchos detractores piensan de Tinelli, aunque claro, utilizando un lenguaje poco cuidado para estos tiempos en los que a las cosas no se las puede llamar por su verdadero nombre, sino por uno más políticamente correcto. Y la polémica estalló con denuncias al Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) -que el organismo desestimó- incluidas. Y Pergolini, luego de su ¿exabrupto? explicó -a su manera- lo que muchos no quieren entender ni ver: el uso de personas con discapacidades como un elemento más en la encarnizada lucha por el rating.
Pero Marcelo no se hizo eco del tema y siguió adelante con su rating arrollador, basado en reclutar primeras, segundas y terceras figuras del espectáculo nacional y hasta internacional en nombre de un "sueño" que para muchos es la pesadilla de sus propias vidas. Presentados en modernos clips que rozan el golpe bajo, los soñadores -entre los que también hay extranjeros que curiosamente apoyan causas nacionales- intentan convencer al televidente y a los jurados de que el proyecto por el que luchan y bailan es más triste que el de sus rivales. Pero es difícil convencerse de que ese es "su verdadero sueño".
En primer lugar, el "sueño" es sólo una excusa para montar semejante show. El monto de los contratos que se les pagan a ciertas estrellas por participar supera, seguramente, cualquiera de las sumas que se necesitan en los lugares soñados. En segundo lugar, es notorio cómo la mayoría de los "bailarines" -tanto famosos como "soñadores"- se explayan sobre sus propias carreras, proyectos, vida privada y demás banalidades durante la charla previa al baile que mantienen con el conductor, dejando al supuesto "sueño" relegado a una mínima mención. Por más que a unos pocos se les caiga una lágrima, se nota más su preocupación por autopromocionarse, caerle bien al jurado y darle un pie al conductor para que se luzca con su humor fácil.
Seguramente, el "soñador" esté "soñando" más con un promisorio futuro en el mundillo del espectáculo que con el dinero para el hogar de pobres y ausentes. Y las famosas y famosos, con la manera más adecuada de aumentar su cachet o conseguir nuevos contratos luego de participar en el programa más visto de la TV argentina.
Pero mientras el show continúa, el conductor-empresario está bajo fuego cruzado. Y como jugar con fuego puede ser peligroso, él opta por la cautela. En medio del enfrentamiento entre el gobierno nacional y el mayor multimedios del país (Grupo Clarín/Canal 13), Tinelli prefiere por el momento dedicarle su tiempo a la broma procaz y machista, a las colas y pechos siliconados, a las caras cuasi desfiguradas por el bótox y el colágeno. Y a los ciegos, sordos y mudos de un país que prefiere no ver, no escuchar y no hablar. Es mejor ver a Tinelli atrás de una cortina de humo.
Terra Magazine