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La renuncia del jefe de gabinete y el escenario de mediano plazo

EFE
El ex jefe del gabinete de ministros de Argentina Alberto Fernández conversa con la presidenta Cristina Fernández, en uno de los anuncios del fallido esquema de impuestos a las exportaciones de granos.

Pablo E. Chacón
Buenos Aires (Argentina)

"Es una traición. Es otro Judas", alcanzó a balbucear el ex presidente argentino Néstor Kirchner el miércoles pasado cuando vio cómo por la pantalla de Todo Noticias (TN), Alberto Fernández, jefe de gabinete de ministros de toda su gestión y de la de su esposa, la actual presidente Cristina Fernández, presentaba la renuncia indeclinable a su puesto, sin previo aviso al matrimonio y en uno de los programas-insignia del grupo Clarín, con quien los Kirchner vienen sosteniendo una pulseada desde diversas tribunas, a raíz de la oposición que el conglomerado tomó contra la ley de retenciones móviles a los productos del agro, batalla perdida o desempatada en el Senado por el vicepresidente de la Nación, Julio César Cleto Cobos, el otro Judas que habita el panteón imaginario del ex presidente criollo.

La renuncia, después de cinco años y pico en un puesto clave del sistema político local, el de fusible ejecutivo-parlamentario, deja a la administración de CFK sin una de sus piezas centrales, un abogado penalista que empezó como tal y que en sus propias palabras, terminó como "ingeniero agrónomo", en referencia a la crisis desatada entre el gobierno central y el campo.

Pero la verdad es que desde el 25 de mayo del 2003, Alberto Fernández se había convertido en una voz imprescindible en casi todos los temas, pues enfrentaba todos los temas y daba todas las conferencias de prensa que Kirchner no daba, mientras tejía y destejía alianzas a izquierda y derecha del justicialismo (con preferencia hacia la izquierda), entendiendo que el viejo mascarón de proa del peronismo era eso: un viejo mascarón de proa al que le había llegado la hora renovarse, de aprovechar la oportunidad histórica de ampliar sus bases de representación y romper así el techo electoral que desde su nacimiento impusieron los sectores menos favorecidos y la clase media baja, para ascender, con poder de convocatoria y votos a la inalcanzable fortaleza de las clases medias urbanas, que a la hora de las urnas migraba hacia el radicalismo o hacia las variantes menos crispadas de la izquierda o de la derecha. La composición de las clases sociales en la Argentina contemporánea, como en casi todo el resto del mundo, no es la misma que la de sesenta años atrás.

Se podría decir que estuvo a un tris de conseguirlo: su política de alianzas se fundó en la cooptación de las segundas líneas de esos partidos (Cobos, de hecho, es radical, pero también de ciertos sectores del socialismo y de otros partidos provinciales), pero los contrapesos que tuvo Fernández en esa tarea no fueron menores, y en muchas de esas maniobras, ahora se sabe, se conjuraron para hacerlo tropezar diversos combos compuestos por supuestos aliados y enemigos objetivos; también su propio apuro y ambición (que lo empujó en más de una oportunidad a tomar el atajo de la "compra" de dirigentes), sumado todo a la inercia de un gobierno refractario a las novedades, acostumbrados, muchos de sus miembros, a la mirada corta que se mide en lealtad y genuflexión antes que al ejercicio de la discusión y el desacuerdo productivo. El gobierno argentino perdió un negociador de alto vuelo y quedó atado, sin amortiguadores, a los intereses que dicen saber leer los pensamientos de Néstor Kirchner como si fueran telépatas y como si no existiera una mujer que además es la titular del Ejecutivo.

En ese elenco no reviste Sergio Massa, el nuevo jefe de gabinete, un joven de 36 años que llegó al gobierno de la mano del ex presidente interino, Eduardo Duhalde, primero como diputado provincial por la localidad de Tigre (de la que hasta hoy era intendente) y después al frente del ANSES (Administración Nacional de la Seguridad Social), la agencia destinada a atender las demandas de pensionados y jubilados, donde fue ratificado por Kirchner, con quien fue trabando una amistad sin descuidar su amplia paleta de contactos políticos, de todos los colores, y donde curiosamente no faltaba Cobos, al punto que algunos funcionarios dijeron esta tarde a Terra Magazine que guardan alguna esperanza de que el nuevo jefe de gabinete sea capaz de intentar una recomposición entre la presidente y su vice, herida de muerte desde la fatídica noche de la votación en la Cámara Alta. Como sea, los argentinos están obligados a ponerle a la joven promesa una ficha: no parecen ser estos momentos para el desasosiego, o para dar aire a los agoreros. Suficiente tiempo se perdió y pensando bien, con su renuncia, Fernández acaso también haya pretendido instalar un corte en esa sospecha generalizada.

Las versiones arrecian. Este cronista pudo averiguar que la noche previa al tratamiento de la ley de retenciones en el Senado, Cristina Fernández, furiosa después de escuchar el belicoso discurso de su esposo en la Plaza de los dos Congresos, amenazó con una renuncia inmediata si Kirchner no la dejaba "empezar" su mandato. Y que la cosa pasó a mayores: al amable pedido de retirada le habría seguido una retahíla de insultos y acusaciones contra los hombres de mayor confianza del ex presidente, empezando por el detestado (por la sociedad) secretario de Hacienda, Guillermo Moreno, y continuadas contra el flamante administrador de la reestatizada Aerolíneas Argentinas, Ricardo Jaime, secretario de Transporte y sospechado de maniobras ilegales vinculadas al tráfico de drogas e influencias en el área de obras públicas, feudo del ministro de Planificación Julio de Vido, un hombre que acompaña a Kirchner desde hace años y cuya imagen está por lo menos cuestionada, al punto tal que la titular del instituto encargado de controlar a las empresas privatizadas es su propia esposa.

En esa reunión, CFK habría estrechado en un abrazo a Alberto Fernández, que ya había tomado la decisión -en secreto- de retirarse del gobierno, saliera como saliera la votación. Fernández, aunque no puede ignorarse que usufructuó la situación de crisis terminal que atravesaba la Argentina posdevaluación, nunca fue un hombre del riñón de Kirchner: porteño, participaba de las reuniones de la "mesa chica" pero tenía opiniones propias. En los últimos tiempos, no acordó con la estrategia de confrontación frontal con el agro, mucho menos con la prensa (y menos todavía con el Grupo Clarín, del que había sido interlocutor privilegiado), despreció la intervención en el Indec (el organismo oficial encargado de medir la inflación) y explotó cuando se decidió la nacionalización de Aerolíneas Argentinas.

Fue el punto final. Hasta ese momento, los desacuerdos no habían sido enormes, pero tampoco coincidió cuando echaron a cinco asesores que Cobos acercó al ministerio de Planificación. Fernández, además, sabía de conspiraciones contra él y su gente que incuban en la Legislatura de la ciudad autónoma de Buenos Aires, donde jamás pudo ganar una elección, todo hay que decirlo, aunque contara como tropa propia (bajo condiciones) al ex alcalde Aníbal Ibarra y a su hermana, Vilma; al todopoderoso conductor del gremio de los encargados de edificios, Víctor Santamaría; a la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti; y a la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont.

En la residencia presidencial de Olivos, enterados que no había vuelta atrás y con Kirchner recluido en Santa Cruz, jamás contestaron sus llamados telefónicos los dos días que el ahora ex funcionario pasó con gripe en su casa. Pero aprovechó para decir lo que supo callar: "¿Por qué me voy? Porque no hubo reacción. No es que perdimos con las retrenciones. ¡¡Cristina perdió veinte puntos de imagen!!"; "Néstor (por Kirchner) está como loco. El jueves posterior a la elección (por las retenciones) empezó a llamar a todo el mundo. Estaba como loco. Les decía a todos que se iba del gobierno. Que había que irse. Lo tuvimos que parar entre muchos. Con él hablé el viernes y el sábado pasado. Después no volví a hablar"; "Yo fui el fundador de esta historia. Yo presenté a Kirchner acá en Buenos Aires cuando no lo conocía nadie (...) Si se fue el tipo que fundó todo esto, se puede ir cualquiera. Lo de Sergio (Massa) fue un manotazo. En el apuro está bien, fue una buena elección. Pero me parece que no alcanza. Estamos en otro tipo de problemas", dijo esta mañana al diario Crítica de la Argentina.

Si lo de Massa efectivamente es un manotazo de ahogado y el gobierno incorpora a otro hombre para abroquelarse más sobre sí mismo y seguir preparando, como también se dice, represalias contra aquellos que por vía legislativa repudiaron las retenciones móviles, este país se parecerá cada vez más a la provincia de Santa Cruz (de donde es oriundo Kirchner), rica en petróleo y con el más bajo nivel de desempleo -casi todos sus habitantes son empleados del estado provincial, mansitos como ovejas de campo santo-, con la diferencia que un estado nacional no es un estado provincial.

Y si bien es cierto que habrá que apostar al cambio que nunca llegó, si ese cambio no llega nunca, la Argentina no tendrá inversiones ni a corto ni a largo plazo, tendrá un mercado interno chico, la capacidad de producción y de exportación muy deteriorada, un parque industrial obsoleto y una educación a futuro más que comprometida. Habrá cambiado todo para que nada cambie: sin energía propia ni potencia de generación, estaremos, como se dice acá, todos en el horno.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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